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Testimonio misionero desde Mauritania

“Ser una pequeña semilla para la cosecha del Señor”

Soy Teresa VU KIEU DIEM,  originaria de la Provincia del Vietnam,  en  misión en Mauritania desde hace 6 años, y así pues perteneciente a la Provincia de España-Sur.

Mauritania es una República islámica, en la que el  100% de la población es musulmana. Este país forma parte del desierto del SÁHARA Occidental, el « SAHEL ». Sí, es aquí, a este país musulmán, en el corazón del desierto, adonde somos enviadas en misión Ad Gentes, en Iglesia y en nombre de la Compañía.

  1. La situación del lugar misionero   

El contexto

En Mauritania, hay dos Comunidades: Una en la capital, Nouakchott, y la otra en Atar, a 453 km, en el interior del desierto. Es allí donde estoy yo. Somos 4 Hermanas, dos de nacionalidad española y nosotras, dos vietnamitas.

Atar es una ciudad del centro oeste de Mauritania, de la región del Adrar. Era la región más visitada del país con emplazamientos turísticos muy apreciados. Pero desde hace algunos años, las amenazas terroristas han arruinado la actividad turística y comercial de la ciudad y de sus alrededores en detrimento de las familias de esta región.

Hay 31.929 habitantes de varias etnias. La más dominante es la de los bereberes, moros blancos. También está la de los harratinos (esclavos liberados). Atar es una ciudad rica por el cultivo de dátiles y de legumbres en los oasis: zanahorias, berenjenas, etc… Existe la ganadería ovina y asnal, que sirve de medio de transporte.

El clima es extremo y variado, propio del desierto: estaciones muy cálidas, con hasta 50 °C  y muy frías entre noviembre y principios de marzo.

La lengua hablada es el hasanía dialectal. El francés y el inglés se aprenden en la escuela. El nivel es muy bajo. Algunos hablan el francés pero sin saber escribirlo.

Nuestra misión y la presencia de la Iglesia

La Iglesia es muy conocida y apreciada por los mauritanos gracias a la presencia de los misioneros llegados  en 1961. El 9 de diciembre de 2016, el Presidente estableció relaciones diplomáticas con la Santa Sede. En la misión de Atar hay 2 sacerdotes diocesanos y nosotras cuatro, Hijas de la Caridad.

Éstos son nuestros diferentes servicios:

  • La educación

Nosotras nos consagramos, con alegría, a los niños discapacitados de 6 a 18 años que estaban abandonados, ignorados, excluidos de la vida social y de las estructuras escolares; también tenemos un grupo de chicas y chicos sordomudos, que no tienen acceso a las escuelas especializadas por falta de medios; adolescentes que estaban habituados a la mendicidad y que vivían en la calle. Actualmente, estos niños y jóvenes son actores de su propia promoción. Nuestro objetivo es ponerles en pie. Ellos realizan las tareas del centro con responsabilidad y con solidaridad unos con otros.

Los jueves y viernes son las jornadas de « puertas abiertas » en el patio de nuestra casa para proponer un tiempo de expansión, deporte y otras actividades educativas a los niños del barrio que lo desean. Son dirigidos por monitores.

Una Hermana colabora en la guardería del Ministerio y al mismo tiempo, forma al personal y a nuevas monitoras que desean abrir guarderías pequeñas y construir el futuro del país.

  • Las actividades sociales

Llevamos a los prisioneros una comida caliente y copiosa una vez por semana y tratamos de aliviar su sufrimiento para mejorar sus condiciones de vida, higiene, ocio, ropa. 

  • La sanidad

El CRENAS es una cita cotidiana para los bebés desnutridos y sus mamás. Cada día, un equipo, del que yo formo parte, los acoge; según el protocolo de UNICEF,  reciben los cuidados adecuados para vencer la desnutrición; la mayor parte de las mamás vienen del interior del desierto. Están sin esperanza y agotadas. En este lugar de acogida se sienten a gusto, escuchadas en un clima alegre. Es una buena ocasión para crear vínculos más fuertes, de confianza, de comprensión de su responsabilidad de madres.

Un despacho de escucha y de acogida está abierto para acompañar a las familias en situación difícil, para aliviarlas, hacerlas participar a través de pequeños servicios de solidaridad. También se implican algunas mujeres acomodadas.

  1. Las alegrías y las dificultades

Me atrevo a decir hoy como San Vicente: « ¡Oh, Salvador! ¡Qué feliz soy en esta misión!» ¿Por qué soy feliz? ¿De dónde me viene esta alegría, si estoy en una tierra extranjera, desconocida, árida, desértica, ruda, con nómadas que gritan ¡¡¡  ALÁ!!!?

El secreto de mi alegría es Jesús, que habita en mí, repone mis fuerzas en los días de sequedad, me consuela en el tiempo de la tentación, me acompaña en mi soledad, modela y moldea mis resistencias del orgullo, hace brotar en mí el perdón. Es Él quien me educa y me hace misionera.

Tenemos un lugar privilegiado en comunidad al que llamamos « lugar del encuentro ». Es un verdadero oasis en medio del desierto para los tiempos de oración, de contemplación, de compartir, de comunión, que hacen florecer nuestra misión y que ésta sea más fecunda.

Mi Hermana Sirviente y la Comunidad me enriquecen, me ayudan a crecer día tras día, confiando en mí para servir a nuestros Amos y Señores. Yo me siento verdaderamente en mi casa. Es verdad: « el amor es inventivo hasta el infinito » (San Vicente). Sí, la misión hace de mí una persona nueva con una mentalidad transformada, con un corazón más abierto y una mirada más amplia, más madura… Mis pensamientos ya no son los mismos. Sí, ¡Yo ya no soy la misma!…. SÍ, he cambiado mucho.

La otra fuente de mi alegría son los mismos pobres. Como vivían y crecían en una vida nómada y turística, estaban acostumbrados a ser asistidos. Al principio, al vernos,  grandes y pequeños nos pedían « regalos». Era como un « estribillo » en este lugar desértico. A nosotras nos costaba soportarlo. Actualmente, con el tiempo, ellos nos reconocen como parte de ellos. Por eso, nuestra alegría es inmensa al constatar que han comprendido que nosotras éramos iguales en dignidad.

Contando nuestras alegrías, esto no quiere decir que no tengamos dificultades. Sí, las dificultades son numerosas, pues « La Cruz es  el alimento de los misioneros ».

Mi gran dificultad, es la soledad. Ser enviada en medio de musulmanes exige una profunda humildad para servir sin esperar nada; hay que aceptar el último lugar en un país extranjero que ignora a Jesús de Nazaret, estar dispuesta a acoger simplemente nuestro estatus de «  señora », a veces mal vista, poco reconocida, ignorada… Los niños de las escuelas coránicas expresan, a su manera, una doctrina integrista, que aleja y que desconfía… sus gestos agresivos, a veces materializados en lanzamientos de piedras, son difíciles de vivir…. Sin embargo, Él que me envía, me impulsa a hablar de Él, y me anima cada día. Todo esto nos mantiene en un proceso de conversión y de misericordia, que nos purifica y cura en nosotras todo signo de orgullo. « Cristo Jesús, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. Al contrario, se despojó de su rango, tomando la condición de esclavo » (Flp 2,6-7).

Morir y madurar en este medio musulmán, sabiendo que no hemos sido llamadas por ellos, que les servimos, pero que no formamos verdaderamente parte de su vida, es difícil.  No acudimos a sus mezquitas, raramente asistimos a sus celebraciones; sin embargo, la gente nos ve cada día sufrir por el clima como ellos, por las tormentas de viento de arena, por las enfermedades, por las fatigas. El pueblo nos acoge con simpatía, pero siempre hay una distancia y prejuicios. Entonces nos sentimos solas… ¿por qué no somos como ellos?

« ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! » (1Cor 9, 16a). ¿Cómo anunciar la Buena Nueva en este país 100% musulmán? Si no hay cristianos, ¿con quién compartir nuestra fe?  Si Jesús no es más que un profeta para ellos, ¿nuestra misión se quedará estéril?  Entonces, escucho a San Vicente : « Tiene que convencerse que Dios pide únicamente de usted que eche las redes en el mar, pero no que recoja usted peces, ya que le toca a él hacerles entrar dentro de ella. Y no dude de que lo hará…. a este trabajo y a esta paciencia hay que añadir la humildad, la oración y el buen ejemplo… »  (SV VII, 343).

Otra dificultad es vivir en une Comunidad internacional. Me cuesta dejar mis ideas personales para acoger las de las demás, puesto que soy una persona espontánea y testaruda…. Repetidas veces, he sido testigo de las lágrimas de mis compañeras, discretamente, ante el Santísimo Sacramento…. las mías también.  Sí, solamente Él conoce mis sentimientos de incapacidad, mis penas, mis incomprensiones, mis luchas contra mi « ego », que me invade. Como en el Viernes Santo que se abre a la Pascua, el misterio de la Comunidad internacional me pide morir a mí misma, para renacer, dejándome modelar como la piedra desgastada en medio de la fuente.

  1. Antes de partir a la misión, ¿cuáles son los puntos más importantes para prepararse?

Cuando entramos en el Seminario, mi grupo de vocación llevaba el nombre « AD GENTES », y por eso, la Directora, a través de sus enseñanzas, sobre todo a propósito de la Constitución 25a y d, encendía en nosotras, como una pequeña luz, el deseo de ir al mundo entero para proclamar la Buena Nueva del Evangelio.

Poco a poco, esta llamada crecía en mí y maduraba en el fondo de mi corazón. Cada día, yo entregaba al Señor toda mi pobre persona para que yo pudiera hacer su voluntad.

Todas las comunidades en las que he vivido han sido escuelas de formación misionera que me preparaban para el hoy: la vida de oración, el amor entre las Hermanas y la audacia para el servicio a los pobres, y sobre todo, el testimonio de vida de las Hermanas Mayores.

Personalmente, tuve la ocasión de vivir fuera de mi país en la Casa Madre durante tres años después de pronunciar los votos por primera vez. Sufrí la soledad de todo: familia, comunidad, lengua… 

Cuanto más fuerte era mi soledad, más me agarraba a Jesús por la oración. Él se hacía presente en mi vida. Sí, « El acontecimiento es Dios » (San Vicente).

Para discernir mi vocación misionera, he encontrado personas que me han ayudado a ser paciente para que esta llamada a la misión pudiera madurar. Por eso, Sor Evelyne me aconsejó volver a mi país para que esta vocación especial pudiera ser verdadera, auténtica, y no una ilusión. (En aquel momento, yo tenía nueve años de vocación).

En mi opinión, el Centro Misionero es muy importante para vivir la internacionalidad, prepararse en todos los aspectos: teología, misionología, islamología, medicina tropical como enfermera, y sobre todo, ir conociendo el país de misión: aprender la lengua del país y tener conocimiento del medio.

El ambiente de la Casa Madre es muy rico y ayuda a volver a la fuente de nuestra espiritualidad vicenciana. El testimonio de fe y de devoción a la Virgen Milagrosa de todos los que vienen a la Capilla contribuye igualmente a la preparación para la misión.

  1. Al llegar al lugar de misión : lo que me ha ayudado a adaptarme       

A la llegada, lo que más me ayudó fue la asiduidad a la oración y el compartir entre nosotras. Nuestro proyecto comunitario fue elaborado después de haberlo experimentado y nos pusimos como prioridad de nuestra  vida espiritual « que cada día sea « Él » el primer servido y el último encontrado ». El Espíritu Santo está desde el principio, siempre ahí. Él nos precede para preparar la ruta. Él es el autor y el corazón de la misión.      

Otro apoyo, es el amor de la comunidad, construyéndola día tras día, el amor por los pobres, la misión y el deseo de convertirnos, para crecer en la unidad y el respeto mutuo.

Yo me sentía nula para todo, no conocía nada, le pedía a mi Hermana Sirviente que me ayudara y yo me dejaba guiar por la Comunidad y los colaboradores. 

Yo me convertí verdaderamente en una nómada del desierto en la marcha a tientas y a través de la observación. Sí, me adapté bien, gracias a la Comunidad.

También es muy importante aprender la lengua del país para descubrir su cultura, sus costumbres, sus creencias …  es un medio para vivir la cercanía, la confianza, un paso más para no considerarnos extranjeras …  el aprendizaje de la lengua es la puerta abierta al país que me acoge. Poco a poco, me he convertido en « una de ellos »  y esto cuenta mucho en mi vida cotidiana, en el mercado, en el transporte público. «Entonces, tú hablas el hasanía… tú eres de los nuestros, ¡¡¡está bien!!! »

Y yo experimento que un pueblo se siente comprendido y valorado cuando se aprecia su propia lengua.

Para adaptarme mejor a este país musulmán del desierto, el Señor me pide un cambio grande y profundo de la mirada, de las actitudes y costumbres y un entrenamiento interior en la conversión hacia la humildad.

Habría que tener aún más conocimiento de la religión del Islam y de sus culturas antes de llegar a la misión; dedicar un tiempo conveniente para aprender la lengua del lugar y no querer comenzar el servicio enseguida, pues el obispo de Mauritania nos dice muy a menudo que « las Hijas de la Caridad llegadas hoy, ya han trabajado ayer».

Dejarse conducir por la Comunidad misionera que me acoge y estar dispuesta, según la expresión de un antiguo misionero, a dar un giro de 180 º a la cabeza, es decir, que hay que aprenderlo todo.

La misión Ad Gentes ya no es una cuestión de convertir o de evangelizar a los otros, sino de dejarme evangelizar por el Señor, que está presente en medio del pueblo.

Les doy las gracias por rezar por mí y les pido que continúen, para que yo sea una pequeña semilla para la cosecha del Señor.

Sor Teresa VU KIEU DIEM

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