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¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Son las palabras que brotaron de mi corazón al quedar enterada del fallecimiento de nuestro querido e inolvidable P. José Mª López Maside.

En pleno gozo pascual, desafiando el dolor y sufrimiento de tantas personas provocado por los efectos del Covid – 19, el Señor Resucitado, al igual que se apareció a las Mujeres, a Mª Magdalena y a los discípulos de Emaús,  ha salido al encuentro de nuestro querido P. Maside, y en  la gran certeza de que él ya lo ha reconocido y está gozando de la Vida en plenitud proclamamos nuestra ACCION DE GRACIAS.

Aunque las palabras me resulten cortas y la expresión pobre, no me quedaría en paz conmigo misma si no expresara los sentimientos que en estos momentos albergan mi corazón infinitamente agradecido.

Sí, el caminar con el P. Maside en el servicio a la Provincia, como Director provincial, en los últimos cuatro años de la antigua Provincia de Sevilla y los seis primeros  de la de España-Sur, fue uno de los grandes regalos que el Señor me hizo en mi recorrido vocacional y delicada Misión.

Asumiendo el  riesgo de empequeñecer su figura, por mi gran limitación, me lanzo a expresar, a modo de sencillas ”pinceladas” lo que siempre pude descubrir, reconocer, valorar y admirar en él.

Al apreciar su rica condición humana, sacerdotal y vicenciana me resultaron nítidamente “legibles” dos  “rasgos” que sintetizan su rica y profunda personalidad: SABIDURIA Y SANTIDAD.

Sus constantes intervenciones orales y escritas: Conferencias, homilías, consultas y otras puntuales y espontáneas, fundamentadas siempre en la Palabra de Dios, Doctrina de la Iglesia y de los Fundadores, como una auténtica traducción del cántico de la sabiduría, “porque ella conoce y entiende todas las cosas”, nos reforzaban la convicción de que sabiduría y humildad son totalmente compatibles, haciendo arder nuestros corazones y suscitando grandes deseos de conversión.

Su gran talla intelectual, espíritu reflexivo y gran capacidad de análisis, lejos de dificultarle,  le permitió empatizar y acercarse con toda facilidad, comprensión y normalidad a nuestra sencillez y pobreza haciéndonos conectar con la bella carta a los Filipenses: “Tened entre vosotros los sentimientos de Cristo Jesús. El cual siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, al contrario se despojó de si mismo tomando la condición de esclavo hecho semejante a los hombres” (Filp.2,5-7).

Tenía el don de Consejo; cuando acudíamos a él mostrándole nuestras búsquedas, dudas luchas y  preocupaciones, escuchaba atenta y respetuosamente transmitiendo la paz y esperanza que sólo el Señor nos puede dar, hasta salir reconfortadas proclamando con el salmista: “cuando atraviesan áridos valles los convierten en oasis(Sal.83).

Su disponibilidad bondad,  humildad, prudencia,  delicadeza sin límites y hasta su chispa gallega, expresadas a través de sus grandes gestos de cercanía,  comunión fraterna, mirada limpia y positiva a cada una, hacia  “sacar brillo” de las más insignificantes y difusas situaciones, todo encaminado a hacernos sentir el amor del Señor  proclamado en uno de sus textos preferidos: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo”(Jn.13,1)

Compartir con él  la reflexión y el discernimiento, tanto ante de pequeñas como de grandes decisiones, era sentir palpablemente la presencia de Dios y experimentar la paz y seguridad que sólo viene del Espíritu.

¡Cuánto gozamos intercambiando ilusiones, sueños y proyectos  mirando a la Compañía del futuro! En mis búsquedas y ratos de diálogo, nunca me sentí  perdida o defraudada, al contrario, alentar y dinamizar mis propuestas eran sus fieles” herramientas” que compensaban y suplían mi gran limitación y pobreza.

Algo digno de destacar, era su lealtad y gran libertad interior haciendo más fácil la delicada y, a veces, ardua misión en las sesiones de Consejo, expresando su parecer, siempre que se le solicitaba, sin ningún viso de respeto humano, contemporización u otra clase de gestos o actitudes que pudieran interferir la Voluntad del Señor. Sus aportaciones eran repletas de bondad y misericordia, priorizando a la persona como a los mayores dones de los Pobres a los que siempre nos hizo amar entrañablemente y sentir como los verdaderos tesoros que el Señor nos había confiado. Era un gran admirador de la Compañía, urgiéndonos a vivir la mejor de las Vocaciones, la de Hija de la Caridad.

Hoy día, de san José Obrero, su santo Patrón, del  que tanto nos dio a conocer su aprecio y devoción, en nuestra “despedida”, obligadamente virtual, pero no menos entrañable y profunda, reiterando nuestra acción de gracias me parece que encajan plenamente las palabras del Himno:

“PORQUE FUE VARON JUSTO  LO AMÓ EL SEÑOR Y DIO EL CIENTO POR UNO SU LABOR”

En la certeza de que su recuerdo queda imborrable en la Provincia decimos con María:

….Y lo recordará nuestra generación…”

Sor Mª Pilar Rendón

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