Iniciamos juntas el cuarto día de Asamblea y nos preguntamos: ¿qué espera hoy el Señor de nosotras?
En la oración de laudes y en la Eucaristía hemos celebrado la fiesta de la Transfiguración del Señor.
Jesús sube a la montaña con Pedro, Santiago y Juan para revelarles la luz de su divinidad y prepararlos para la misión.
También nosotras estamos llamadas a subir con Él, a dejarnos iluminar por su presencia y a preguntarnos si contemplamos, escuchamos y seguimos de verdad al Maestro.
Queremos aprender juntas de sus sentimientos, de su manera de amar, de servir y de entregar la vida, para que nuestras decisiones nazcan de Él.
La experiencia del Tabor nos recuerda que toda auténtica renovación nace de la escucha: antes de hablar, escuchemos; antes de actuar, contemplemos; antes de decidir, discernamos.
Esta celebración nos ayuda a reconocer a Jesús como nuestro único Maestro y nos dispone a seguir aprendiendo de Él.
Desde ahí, preguntémonos cómo responder con fidelidad, audacia y esperanza a los desafíos de la misión.
Retomamos el ritmo de las sesiones de trabajo con la lectura del acta de la Asamblea, y acogemos la presentación de la jornada plenaria sobre la primera prioridad: “Aprender a los pies del Maestro”. Dejándonos interpelar por este compromiso concreto que proponemos para la Provincia y para toda la Compañía.
Continuamos con la presentación de la segunda prioridad: “Abrirnos a las pobrezas engendradas por la violencia”. A través de un panel de experiencias y testimonios, cuatro personas en situación de vulnerabilidad compartieron su realidad y nos acercaron al sufrimiento de quienes viven procesos de exclusión social. El diálogo fue conducido por Domingo Monzón, director de la Casa Hogar Sor Lorenza, en Las Palmas de Gran Canaria, quien nos ayudó a situarnos ante esta realidad dolorosa con una mirada atenta, respetuosa y comprometida.
La violencia ya no es solo bélica, es una red silenciosa y estructural que genera exclusión. No basta con gestionar la pobreza, hay que desarmar el corazón y dejarse afectar.
Es necesario tejer redes para sanar. Trabajar aislados es una forma de esterilidad pastoral.
Se necesita la audacia, y la valentía de la voz profética. La caridad no es muda, tiene una doble misión, consolar y denunciar. Denuncia social, alzar la voz contra la explotación laboral, la falta de vivienda, la trata de personas y la vulneración de los derechos.
No Podemos responder a los problemas del siglo XXI con recetas del siglo XIX. En nuestro tiempo surgen nuevas realidades que exigen respuestas creativas. Se hace necesario, dar respuesta a los problemas vinculados a las migraciones, a la salud mental, a la trata de personas y a las comunidades desgastadas. El compromiso vicenciano no puede quedar en el olvido. Es una hoja de ruta para la transformación. La actitud clave es responder con audacia, creatividad y trabajo en red. Y nunca con miedo o rigidez.
Por la tarde, acogimos la tercera prioridad: “Tejer juntas relaciones humanas y humanizantes”, presentada por el padre Guillermo Campuzano, C.M.
Esta prioridad nos interpela a reconocer que la comunidad se construye cada día desde la calidad de nuestras relaciones. La pertenencia, el afecto y el cuidado mutuo no son elementos secundarios, sino el lugar donde se hace visible nuestra manera de vivir el Evangelio. Se nos invita a salir de la autorreferencialidad y a abrir la mirada al inmenso horizonte de la humanidad, preguntándonos si nuestras relaciones sanan o hieren, si levantan puentes o generan distancia, si despiertan confianza o alimentan el miedo. Estamos llamadas a ser artesanas de paz y esperanza, haciendo de la compasión, la solidaridad y la comunión una forma concreta de ser y existir.
Vigilia de oración con los pobres y por los pobres.
En la vigilia de oración con los pobres y por los pobres, nos dejamos interpelar por sus vidas y por sus rostros concretos. Queremos acompañarlos en sus dificultades, reconocer su dignidad y permitir que su presencia evangelice también la nuestra. Ellos forman parte de nuestra historia y nosotras deseamos estar cerca de la suya, con humildad, cercanía y compromiso, preguntándonos cómo hacemos visible, en gestos concretos, el amor de Dios hacia quienes más sufren.
“No hay amor de Dios sin amor al prójimo y no hay prójimo si yo no me acerco. Detenerse, conmoverse, abajarse, llorar ante el dolor de otros —como ha hecho Jesús— significa entrar en el movimiento del amor, en el que Dios se ha revelado.” Leon XIV.
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