Cuando los pobres se convierten en frontera

Cuando los pobres se convierten en frontera

Cuando los pobres se convierten en frontera “No endurezcáis el corazón.” (Sal 95)

Las Hijas de la Caridad no podemos guardar silencio. No cuando el mar vuelve a convertirse en sepultura. No cuando las fronteras se llenan de miedo. No cuando los pobres son tratados como un problema antes que como personas. No cuando la vida humana corre el riesgo de quedar subordinada a intereses que nunca podrán justificar una sola muerte.

Lo que estamos contemplando estos días en Ceuta no puede reducirse a un episodio más de la actualidad. Es un espejo en el que se refleja nuestra humanidad. Y la pregunta ya no es solamente qué está ocurriendo en una frontera; la pregunta es qué está ocurriendo en nuestro corazón. Cada hombre, cada mujer y cada niño que llama a nuestras puertas tiene un nombre, una historia y una dignidad que nadie le ha concedido y que nadie puede arrebatarle. Antes de ser migrantes son personas. Antes de ser extranjeros son hermanos. Antes de pertenecer a un país pertenecen a Dios.

Nos preocupa profundamente que el sufrimiento de miles de personas pueda llegar a convertirse en instrumento de confrontación, presión o estrategia política. Cuando los pobres dejan de ser el centro para convertirse en un medio, todos perdemos humanidad. La seguridad es un deber de los Estados. La gestión ordenada de las fronteras es una responsabilidad legítima. Pero ninguna decisión política puede olvidar que la dignidad humana no conoce fronteras.

Ningún cálculo de oportunidad puede situarse por encima del valor sagrado de una vida. San Vicente de Paúl nos enseñó que los pobres son nuestros amos y señores. No porque sean más importantes que otros, sino porque en ellos Cristo nos espera con una autoridad que nadie puede ignorar. Allí donde un ser humano es descartado, utilizado o despojado de su dignidad, allí vuelve a resonar el Evangelio con toda su fuerza. No necesitamos más discursos que alimenten el miedo. Necesitamos más conciencia. No necesitamos acostumbrarnos a contemplar cuerpos sin vida, familias rotas o miradas desesperadas. Necesitamos recuperar la capacidad de llorar con quienes lloran.

La grandeza de un pueblo no se mide solamente por la fortaleza de sus fronteras, sino por la profundidad de su humanidad. Una sociedad pierde su alma cuando deja de conmoverse ante el sufrimiento de los más vulnerables. Como Hijas de la Caridad queremos renovar hoy nuestro compromiso de permanecer donde siempre hemos intentado estar: junto a quienes sufren. No para alimentar divisiones ni enfrentamientos, sino para recordar que el Evangelio jamás permitirá que la indiferencia tenga la última palabra.

Pedimos a quienes tienen responsabilidades políticas que nunca olviden que gobernar es servir al bien común y proteger, por encima de cualquier otro interés, la vida y la dignidad de todas las personas. Pedimos a nuestras comunidades cristianas que no permitan que el miedo apague la compasión. Y nos pedimos a nosotras mismas la gracia de seguir reconociendo a Cristo en cada persona descartada, aunque el mundo solo vea cifras, expedientes o fronteras.

Porque el juicio de Dios nunca comenzará preguntándonos cómo defendimos nuestros intereses. Nos preguntará si dimos de comer al hambriento, si acogimos al forastero, si cuidamos al herido del camino. Todavía estamos a tiempo. Todavía estamos a tiempo de elegir la fraternidad antes que la indiferencia. Todavía estamos a tiempo de recordar que ninguna frontera puede ser más grande que el corazón de Dios.

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