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Adrián nos cuenta su experiencia de servicio vicenciano

Sólo por tu amor, te perdonarán el pan que les das

La vida de un joven de la generación de los 90 se encuentra envuelta en incontables circunstancias. Muchas son las veces en que esta cultura occidental del ocio y los cambios que inundan el día a día pueden hacer que la realidad se encuentre teñida de un prisma que nos pierde de la identidad comunitaria y fraternal que Cristo nos dejó en herencia. Pero también es tiempo de inmensas oportunidades.

Mi nombre es Adrián Alpañez, joven al que se le cayeron los dientes de leche en casa de las Hijas de la Caridad. Educado en un Colegio Vicenciano, por aquel entonces Centro Cultural Virgen Milagrosa, he crecido de la mano de incontables Hermanas, mis “Sores”, que han guiado mi camino junto a muchos profesores laicos que dan su vida, a veces no solo laboral, por sus alumnos. Así a la edad de 12 años empecé a formar parte de mi gran Familia en Juventudes Marianas Vicencianas. De la que formo parte actualmente, pasados ya 11 años de aquella “Pascuita” en la Línea de la Concepción.

A lo largo de todos esos años, he tenido la oportunidad de curtirme en busca del ejemplo de San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac, prestando servicios en diferentes lugares y proyectos, siempre en casa de las Hijas de la Caridad, como el proyecto Marcando Estilo junto a Sor Ana María Vázquez, en el Puerto de Santa María, junto a Sor Concepción Morales o en el Centro San Carlos, junto Sor Puri. Hermanas que me han llevado a lo que hoy es mi formación como Educador y Trabajador Social.

En este punto tan fundamental y transcendente en mi proyecto personal de vida, mi formación en la universidad, llegó la oportunidad de poner en práctica, no solo los conocimientos académicos, sino mi tarjeta de visita vicenciana. Cuando elegí mis prácticas me puse a disposición de Sor Mª del Carmen Polo a quien pedí opinión. Ella me aconsejó, y mis deseos, junto a su criterio cuajaron en la elección del Comedor Nuestra Señora del Rosario. La comunicación con Sor Modesta no tardó en producirse, y su disponibilidad hacia mi persona fue total. Resueltos los trámites, el 2017 se me abrieron las puertas de lo que ha sido mi Casa, donde me eduqué, conocí y me llené de Dios gracias a las personas que venían a comer diariamente.

Elena, la trabajadora social, me acompañó durante aquellos mágicos tres meses. Creo que no lo sabrá nunca al 100%, pero me enseñó mucho más de lo que ella se puede imaginar. Una persona disponible, luchadora y con una profesionalidad que superaba barreras. Tanto es así que, día a día no solo me transmitió aspectos técnicos, sino un saber estar, un saber decir y un saber hacer. Un modelo de profesional que intentaré llevar a cabo a siempre.

Mis compañeros fueron excepcionales conmigo, Javier y Raquel estuvieron al tanto de cada una de mis necesidades. Me enseñaron muchos de los mecanismos de la acogida y me hicieron, junto a Sor Modesta y Elena, a sentirme como en casa.

Mi agradecimiento nunca será proporcional a la alegría que me hicieron sentir. Parafraseando al Papa Francisco, me transmitieron La Alegría del Evangelio. Acogido, educado, feliz.

Y el espíritu de los Fundadores brilló conmigo. Todas y cada una de las personas que allí acudían a comer me regalaron, a su manera, su sonrisa. Y es lo grande de trabajar con personas. Cada uno de su padre y de su madre. Con su historia. Su leyenda. Y sus pretensiones y sueños. Algunos olvidados. Los “Sin voz”. Y allí estaba todo el equipo del comedor, alimentando no solo el cuerpo sino el espíritu. Y tan suertudo yo, que pude participar de ese momento diario en el que da igual de dónde vengamos, nos sentamos juntos a comer.

Por supuesto hubo complicaciones, incluso en casa, con los amigos, con las parejas, también existen. Pero, ¿quién recuerda un error cuando coincides con ellos en Isla Mágica y te dicen que te echan de menos? Por el amor, me perdonaron el pan que les di.

Estaré eternamente agradecido. A Sor Modesta por su disponibilidad. A Elena por ser mi guía en esta etapa tan difícil de mi vida. A Raquel y Javi por su cariño. A todos los voluntarios que trabajan diariamente sin recibir más a cambio que el amor de Dios. Y sobre todo a ellos. A los hijos de Dios. A quien Jesús llama hermanos en Mateo 25. Porque yo tuve la necesidad y ellos me saciaron.

Hoy mi formación va por otros senderos. Cerca del epitafio de mis estudios como trabajador y educador social, me encuentro en uno de los pisos del Programa Tu Casa, junto al Centro de Día el Pino. Mis nuevas prácticas unen mi camino con una de las Hermanas que más ha influido en mi vida. Sor Puri. Gracias de nuevo por la acogida.

La vida de un joven de la generación de los 90 se encuentra envuelta en incontables circunstancias. Todas y cada una de ellas son la oportunidad viva de ser reflejo de Dios. De dar al máximo su disponibilidad. Somos responsables de una herencia. En los trabajos. En las clases. En el barrio.

Sólo por nuestro amor, nos perdonarán los pobres el pan que les damos.

ADRIÁN ALPAÑEZ ORTIZ


 

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