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La Vida ha vencido a la muerte ¡Ha Resucitado!

LA VIDA HA VENCIDO A LA MUERTE: ¡HA RESUCITADO!

¿Cómo vivir una Resurrección y quedarse en casa, cuando hay que salir a ver el sepulcro vacío?

  Es lo primero que se viene a mi mente, quizás hoy más que nunca se me invita a entrar en mi interior y encontrar al Resucitado.  Al mirar a los Menores de nuestro centro, al ver el esfuerzo de todos  los Profesionales como van sacando todas sus fortalezas para dar vida a cada minuto de confinamiento, al  sentarme a la mesa con mis Hermanas de Comunidad y como los de  Discípulos de Emaús reconocerte al partir el pan.  Ver como se ha descorrido la losa del individualismo brotando la solidaridad de todo un Pueblo, desde vecinos que no se conocían y hoy se ofrecen para servir en mil detalles, hasta Sanitarios, Científicos, Personal de distintos Servicios, un sinfín de ellas unen sus manos en beneficio de otros.

  Sí, de nuevo vence la VIDA sobre la MUERTE, HA RESUCITADO.  Vida que en el día a día  me habla de resurrección de verte presente entre mis paredes,  en el niño, en el esfuerzo del trabajador, en la entrega de la hermana, en un día más vencido, en el aplauso de cada balcón, en las manos al volante del camionero, el en cansancio del sanitario, en los buenos días del tendero…   

Sí, las calles están vacías como el sepulcro porque Tú has  Resucitado, porque Tú estás presente en el corazón de cada hombre, la vida es torrente de agua que sacia a hasta la eternidad. Eres Vida que das vida, alientas y conforta hoy más que nunca tu pueblo te necesita, tu pueblo lucha por la vida sobre la muerte. La seguridad de Tú presencia  entre y en cada uno nosotros es nuestra  Esperanza.

Residencia Infantil S. Carlos

Chipiona.

 

QUE NO ME COJA DE GOLPE…

Me llegó de golpe, distraída quizás en otras cosas que creía urgente. No lo vi llegar y eso que les llegó a otros antes. Cuando me vine a dar cuenta,  no había marcha atrás. Los hospitales al borde del colapso, aquellos que llamamos héroes, también caían, los mayores se nos iban,  y comenzaban a cobrar sentido determinadas palabras  que dejaban testimonio del mundo que vivíamos: soledad, calle,  estar, abrazar, empatía, compromiso, esperanza, vida… Palabras de siempre para un tiempo nuevo.

Mi Cuaresma sin querer, me llevaba por tanto, por otros derroteros. Quedaron atrás los altares de cultos y el olor a incienso, los besamanos y los cabildos de salida,  las papeletas de sitio y la túnica morada en la tarde de un viernes santo soñado desde niña. En su lugar guantes y mascarilla, lavado de manos y aplausos a las ocho, llamadas de teléfono y un cuídate constante.

Y a pesar de todo, sigue habiendo pies que lavar, pan que partir y repartir,  cruces que hablan de amor  y muertes que se convierten en vida. Jesús sigue muriendo y resucitando hoy, en este tiempo de confinamiento y “quédate en casa”. Ésa es nuestra fe y nuestra esperanza.  Un  Dios que muere por amor, un amor que  cambia nuestro miedo en confianza y nuestra debilidad en valentía. Un Dios que hace que la muerte no tenga la última palabra.

Y esto no deja de sorprenderme y conmoverme,  muerte que se transforma en vida. ¿Y no es esto precisamente lo que niñas, niños y adolescentes de San Carlos me  enseñan a diario? Situaciones de muerte, de dolor, de desamparo, de soledad, de golpes y gritos que son transformados en acogida, risas, abrazos, ilusión y futuro.

¿No es la  “revolución de la toalla”, aquella que Jesús nos enseñó el Jueves Santo la que la comunidad y mis compañeras y compañeros me enseñan con su creatividad para hacerles más llevadero estos días, en su entrega incondicional y en sus sonrisas a pesar de las dificultades y el cansancio?

No, no quiero que la Pascua me coja, también  de golpe, distraída en cosas que sigo creyendo urgentes y no verlo llegar.

Nuestro Dios es un Dios de Vida y Amor que se hace presente en los mil gestos de la vida cotidiana. Ésta es nuestra Pascua, ésta, por tanto, sigue siendo mi fe y mi esperanza.

Bella Calderón

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