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Desde Alhucemas y Nador

Décima etapa en las periferias

Vuelve a amanecer en Alhucemas, y la rutina de cada día se repite, pero los momentos, las risas y la presencia de Dios es cambiante. El tiempo se saborea, no alcanzamos a aburrirnos, siempre hay algo que hacer. Es una bendición para nosotros poder ver la vida a través de estos chavales con diversidad funcional de mirada limpia, cariñosa e inocente, en cada una de las cuales puede encontrarse un cachito de Dios.

La comunidad se va forjando poco a poco. Entre nosotros y los religiosos que nos acogen en la ciudad, la confianza va creciendo, así como las risas y los consejos. Por unos instantes nos sentimos como en casa, como si nos conociéramos desde hace mucho. El tiempo sigue pasando y somos conscientes de que nuestra aventura se está acercando a su fin, pero todavía nos quedan muchos segundos por saborear.

En Nador comenzamos el día con una Eucaristía con las comunidades de la zona. Hoy toca conocer los campamentos. Al llegar saludamos al jefe, quien nos permite estar allí y pasar un rato con la gente. Piden algunos medicamentos, la Hermana Francisca que lleva trabajando con ellos/as durante varios años, se preocupa,  sobre todo, por las embarazada e intenta hacer un seguimiento de ellas y convencerlas de que vayan al ginecólogo a hacerse controles.

Pese a todo, la vida se abre paso entre chabolas y plásticos. Quienes allí habitan nos preguntan de dónde somos y cómo es España; solo sueñan con el momento en el que pisen suelo español. Bajamos impresionados de que a 20 km de la frontera la vida sea tan diferente, tenemos la sensación de habernos adentrado en el África profunda. Nos envuelve y nos atrapa esta tierra de desigualdades, estos montes desiertos tan llenos, y este continente donde lo mejor y lo peor del hombre sale a la luz.

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