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Concierto-Oración en la Residencia de Hermanas Mayores del Palo (Málaga)

Hace algún tiempo, con motivo de la celebración del 400o aniversario del Carisma Vicenciano, se reunió un pequeño grupo de hermanas y seglares para poner al servicio de Cristo, de la Iglesia y de los demás, los dones que Dios les regaló en sus manos, en su voz y en su forma de comunicar que Jesús está presente en nuestras vidas. Así nació nuestro primer Concierto- Oración. Algunos miembros de este grupo se añaden o se ausentan según sus agendas, pero parece que ya tenemos un equipo más o menos estable para dar respuesta a todos aquellos que piden nuestra presencia.

Tres años y pico después, hemos continuado dando forma a aquel primer propósito de hacer llegar a Dios a través de nuestros cantos. De llevar la voz de Dios a los corazones de quienes amablemente se prestan a escucharnos. Y, si hay alguien que escucha, Dios siempre está dispuesto a hablar.

Yo soy una de aquel primer grupo que surgió, y puedo decir que estoy equivocada. Tremendamente equivocada. Después de todo este tiempo, mi propósito de evangelizar a través del canto se ve con frecuencia truncado. Suele ocurrir en cada concierto: quien se lleva las experiencias de los demás, quien se deja llenar de Dios y de amor por los otros, soy yo misma.

Y eso es precisamente lo que hoy me ha ocurrido. Hoy hemos madrugado para viajar a Málaga, a disfrutar unos momentos con las hermanas de la residencia de El Palo. Hemos viajado allí sor Trini, sor Gloria, sor Antonia, sor Silvia, Pablo y yo, Leticia. Pretendíamos ofrecerles lo mejor de nosotros, compartir nuestra fe y acompañar a las hermanas mayores, a las que ya les queda poca movilidad y les resulta difícil salir de la rutina, en un rato de oración acompañada.

En un entorno absolutamente maravilloso, nos dispusimos a crear ambiente. “Ven, no apartes de mí los ojos. Te llamo a ti, te necesito para que se cumpla en el mundo el plan de mi Padre”.

Nos llama de uno en uno, por nuestro nombre, y nos interpela a colaborar con Él en la transformación del mundo. Solo se trata de dejarse llevar por el canto para que la Palabra entre a nuestro corazón y nos interpele sobre lo que realmente estamos haciendo en nuestra vida para que haya más Amor; así, con mayúscula, Amor del bueno, del de verdad.

En ese mismo instante, los rostros de paz en las hermanas, de serenidad, de cariño, de reconocimiento… ya empiezan a hacer mella en mí. Continúa la oración, el concierto, o como cada uno quiera llamarlo… En ese instante toma la palabra una de las hermanas, y otra tras ella, y otra más…. para expresar una inmensa gratitud por nuestra presencia allí. Y es entonces cuando miro más allá de sus rostros arrugados y veo toda la vida de servicio que cada una de ellas ha ofrecido a la humanidad; veo un gran cantidad de experiencias que se me ofrecen en forma de palabras muy amables; veo una plenitud de vidas que difícilmente se encuentran en otros grupos humanos; veo la historia de amor que precede a otras vocaciones a las que ellas inspiraron. Y doy gracias a Dios por ser quien soy. Porque esas vidas que tengo enfrente han construido ese entramado por el que ahora formo parte de un proyecto vicenciano. Porque gracias a ellas, y a su presencia y ejemplo en nuestras vidas, nuestra existencia derivó en lo que ahora somos. Gracias, Señor, por las hermanas mayores, por su alegría, su entrega y su sencillez. Gracias por su vida que, a partir de hoy, ya es un poco nuestra.

Leticia Luque

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