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Pastoral Juvenil Vocacional

Campo de Servicio en Melilla

La experiencia de Melilla, realmente, comenzó mucho antes de llegar allí. Desde que supimos que íbamos a poder participar en esta experiencia ya fuimos creando nuestras expectativas, y proyectando nuestra ilusión y ganas en todos los preparativos necesarios. Sin embargo, Melilla ha superado todo lo que pudiéremos imaginar, pues el encuentro que hemos tenido, con las variadas realidades presentes en esta pequeña ciudad, nos han tocado el corazón.

Al llegar a Melilla, ya nos habían preparado las Hermanas con mucho cariño la sala donde íbamos a dormir, y donde pasaríamos momentos de compartir entre nosotros, de reflexión, de risas y descanso. Cada día comenzábamos poniéndonos en presencia del Señor, y lo recogíamos de la misma forma, haciendo una oración por la tarde, presentándole cada uno lo que nos había llegado más profundamente, pidiéndole su ayuda en esta experiencia.

Nuestras mañanas, y alguna tarde, las dedicábamos a los niños del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), realizando actividades en las aulas o acompañándolos a la playa. Nos llevamos sus sonrisas, sus travesuras y su cariño, pues al final nosotros hemos recibido mucho de ellos, y hay que dar gracias de haber podido estar conviviendo con ellos durante estos días. A pesar de todo lo que hubieran podido pasar, veías un brillo de risa en sus ojos, y la inocencia y confianza tierna de los niños.

El último día que estuvimos en el CETI, terminamos con una pequeña fiesta, esperando dejar un poquito de nuestra alegría e ilusión, y yéndonos con pena, pero sintiéndonos muy afortunados, y con muchos nombres en nuestro corazón. En el CETI también conocimos a algunos adultos, que nos hicieron ver la dureza de sus situaciones, y la fuerza que demuestran cada día.

Este Centro se encuentra al lado de la valla, y la primera vez que la vimos nos dio un vuelco el corazón. Aun cuando nos fuimos, seguía imponiendo pasar al lado de esa barrera que dejaba al otro lado, a solo unos pocos metros, Marruecos y toda la gente que allí sufre tratando de buscar una vida digna en Europa. Es ciertamente impactante el contraste que existe entre estos dos mundos, unidos por los sueños e ilusiones de los migrantes.

Durante algunas tardes conocimos más en profundidad cómo, desde distintas instituciones, se intenta dar el mejor trato posible a todas aquellas personas que llegan a Melilla. Por un lado, nos hicimos una idea más concreta del funcionamiento del CETI; y visitamos también la Purísima, otro centro donde, en este caso, acogen a los menores no acompañados. Este Centro alberga a más de 600 jóvenes a los que, dentro de los recursos que tiene a su disposición, tratan de facilitar su incorporación a una vida laboral y comunitaria en Europa. Por otro lado, conocimos también la labor de la Iglesia respecto a la inmigración, y las diversas labores que se llevan a cabo para ofrecer espacios seguros y familiares a aquellas personas que llegan sin nada, sin familia ni amigos, a nuestro país.

También conocimos la realidad de los jóvenes que viven en la calle, muchos de ellos menores (Menores Extranjeros No Acompañados – MENA), esperando la oportunidad para cruzar a la Península en algún barco. Viven en muy duras condiciones, expuestos a muchos peligros. Los conocimos yendo con las Hermanas a acompañar mientras unas pocas personas que se habían organizado, les daban una sencilla cena. Fueron momentos duros, pero necesarios para saber realmente la situación que viven. Mientras paseábamos por Melilla conociendo su recorrido histórico, era fácil verlos en los sitios más diversos, recordándonos la historia que se está forjando en la actualidad.

Uno de los días cruzamos la frontera a Nador, la primera provincia de Marruecos. Allí conocimos a la comunidad de Hermanas y nos presentaron su labor; visitamos también la Dar Heria (casa de los pobres), donde nos conquistó la situación que ahí se vivía y el cariño con el que se intentaba tratar a todos los que estaban allí acogidos. Asimismo, conocimos la labor de la Delegación de migraciones, donde trabaja una Hermana, acercándonos un poco a la impactante y desoladora situación que se vive en el monte Gurugú; apenas la ayuda humanitaria puede llegar hasta estas personas, cuyo único objetivo en conseguir cruzar la valla, pues en eso consiste la última esperanza que les queda. Fue una interesante intensa experiencia, que completó nuestra visión de todo lo que entraña la situación que hay alrededor de la valla.

Cada uno de nosotros, con nuestra manera particular, nos entregamos todo lo que pudimos en cada encuentro, cada actividad, y se creó un ambiente muy positivo de apoyo mutuo, de compartir experiencias y puntos de vista. Conseguimos una compenetración para poder organizarnos y poder servir de la mejor forma posible a todos aquellos a los que podíamos llegar. Este diálogo entre los propios voluntarios y con las Hermanas nos ayudó a verbalizar todo aquello que sentíamos, para ponerlo en manos del Señor.

Nos despedimos de Melilla con una mezcla de alegría, amor y tristeza, y todos teníamos claro que este Campo de Servicio no terminaba aquí; la situación que viven todas estas personas, a las que podemos poner nombre y cara no nos ha dejado indiferentes, sino que ha removido en nosotros el deseo de seguir haciendo lo posible por ellos, por los más pobres y necesitados, allá donde el Señor nos lleve.

Grupo de Jóvenes participantes

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